"EN DEFENSA DEL FERVOR", ADAM ZAGAJEWSKI

"En defensa del fervor"

LOS PELIGROS DE LA IRONÍA

En defensa del fervor, Adam Zagajewski, 2002 (El Acantilado, 2005)

Ayer me desperté con la noticia de la muerte de Jaume Vallcorba, editor de El Acantilado, intelectual exquisito e independiente que nos proporcionó a muchos, como él mismo afirmaba, el placer de descubrir esos libros que no sabíamos que necesitábamos leer (al contrario que la pretensión de las grandes editoriales de ofrecer solo lo que el lector ya sabe que quiere leer).

El verano ha terminado por volverse antipático con sus imposiciones de lecturas obligatorias (aunque se trate de un programa celosamente preparado por nosotros mismos durante todo el invierno). En el hastío de lo previsible, la noticia del fallecimiento del editor catalán me catapultó sin oportunidad de arrepentimiento a repasar mi exigua colección de esta editorial, pequeñas joyas en lo estético y con el valor inestimable de lo excepcional. Fue así como descubrí con intenso placer un librito que leí hace una docena de años, sobre el que me abalancé hambrienta de relectura: En defensa del fervor, del poeta Adam Zagajewski (Lvov, 1945, entonces Polonia, hoy Ucrania).

Se trata de una colección de ensayos donde el autor da vueltas a la idea de poesía como fervor e iluminación, en el sentido místico más tradicional, pero con la consideración de las dificultades del mundo contemporáneo para aceptar su poder iluminador.

El ensayo que da título al libro ofrece una intensa exposición de la oscilación poética entre el fervor y la ironía. Parece que los tiempos que vivimos han propiciado que nos hayamos asentado en un tono de escepticismo e ironía, ya sea como azote de la sociedad de consumo, de la religión o de la burguesía, ya como encubrimiento de una pobreza de pensamiento donde ese tono nos protege de ir más allá en el análisis de la realidad. En La deshumanización del arte, Ortega y Gasset apuntaba al carácter irónico de la cultura de las vanguardias como motor del rechazo hacia el patetismo y la sublimidad contra los que estos movimientos reaccionaban. Pero Zagajewski apunta con acierto cómo nos hemos establecido durante demasiado tiempo en este paisaje brumoso de la ironía y la duda, alejándonos de la pretensión original (Platón) de buscar lo Sublime, la Belleza, y de conocer así el verdadero significado de lo trascendente. No se puede permanecer, obviamente, demasiado tiempo en lo elevado, porque vivimos en lo cotidiano y las cosas concretas son, en palabras del autor, insobornables. Pero hemos llegado a un punto donde proclamar la bajeza se considera sinceridad, sublimando la fidelidad a las percepciones, acusando de hipocresía o altanería, sin embargo, a quienes invocan lo elevado o lo bello. Esta idea se toma de la poetisa y filósofa Kathleen Raine (The Land Unknown), que afirma que se produce una inversión en nuestro tiempo de las normas de lo que se debe decir y lo que se debe callar.

La ironía es un proceso imprescindible, pero no debe ser el valor supremo de las construcciones literarias en un mundo dominado, en opinión de Zagajewski, por las ideologías aberrantes y el disparate utópico.

Para el poeta polaco, la famosa frase de Paul Claudel referida a Rimbaud donde lo definía como un místico en estado salvaje podría aplicarse a los místicos y a todos los poetas. Precisamente así considera Zagajewski el oficio de la poesía (Misticismo para principiantes):
La poesía es misticismo para principiantes. Si avanzamos dentro del misticismo, entonces dejamos de ser poetas porque ya no hay necesidad de serlo. El poeta es un místico imperfecto porque lo que le caracteriza es la locuacidad.
Zagajewski 
Para Zagajewski todos somos Castorp sufriendo el desdoblamiento diagnosticado por Thomas Mann (La montaña mágica) en un mundo que ha perdido la poesía. Por un lado, el discurso humanitario de Settembrini, que aparece en tertulias literarias, es simpático, defiende la democracia y lo votamos por la comodidad de lo que no nos atemoriza; por otro, el susurro demoníaco de Naphta, que publica sus artículos en revistas de corta tirada, en el que no confiamos temiendo su extremismo, pero que provoca en nosotros un extraño escalofrío filosófico. Hoy en día, la honestidad y la trascendencia son culpabilizados sin reflexión.

Seguimos necesitando la belleza, que no es el camino de los estetas, sino el de todos los que aspiran a la honestidad y la transparencia. Porque si la poesía es el vehículo, le precede el fervor, según Zagajewski, ese ardoroso canto del pájaro al que respondemos con nuestro propio canto lleno de imperfecciones.

Comentarios

  1. Perdona que me alargue…
    Aunque lo parezca, y además me resultaría arduo probar lo contrario, no es peloteo; cada vez escribes mejor, tu prosa es cada vez más deliciosa, trasunto sin duda de una mente igualmente bien amueblada (es igualmente indudable, para mí, que no solo es la mente).
    En mis tiempos universitarios (ya lejanos y con ello delato mi edad) habitaba en las ondas hercianas un locutor de radio plurifacético (Ramón Trecet) que siempre recordaba al finalizar sus diálogos...: busca la belleza, es la única protesta que realmente merece la pena en este asqueroso mundo.
    Que no decaiga.

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    1. ¿Qué puedo decir?: Muchas gracias, y estoy absolutamente de acuerdo con el adagio trecetiano.

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  2. No desesperes. No desistas. Persevera. Tu talento saldrá a flote con el tiempo; solo los consumibles de masas generan consumo rápido, lo tuyo es delicatessen, gollería, exquisitez... y dejaría de serlo si fuera pasto de las masas.

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    1. ¿Resulta muy impúdico si simplemente digo TE QUIERO?

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    2. Impúdico no, pero le quita todo el misterio.

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